Puedes tener una cartera bien diversificada, con costes bajos y productos razonables y, aun así, no tener un verdadero plan financiero.
Porque una cartera responde principalmente a una pregunta: ¿cómo está invertido mi dinero?
Un plan financiero debe responder a muchas más: ¿para qué estoy invirtiendo?, ¿cuándo necesitaré ese dinero?, ¿cuánto puedo aportar?, ¿qué riesgos puedo asumir?, ¿qué ocurrirá si mis circunstancias cambian? y, llegado el momento, ¿cómo utilizaré el patrimonio que he acumulado?
La diferencia puede parecer pequeña, pero cambia por completo la forma de tomar decisiones.
Una cartera es una herramienta, no el punto de partida
Es habitual empezar por los productos.
Qué fondo elegir. Cuánto destinar a renta variable. Si es mejor utilizar fondos indexados o ETF. Qué rentabilidad puede obtener una determinada cartera.
Son preguntas legítimas, pero llegan después.
Antes de decidir cómo invertir conviene conocer algunas cifras básicas de nuestra situación: cuánto necesitamos para vivir, qué liquidez debemos mantener y cuánto podemos invertir realmente sin comprometer objetivos de corto y medio plazo.
Una cartera debería construirse como consecuencia de esas respuestas.
No al revés.
El mismo patrimonio puede necesitar carteras completamente distintas
Imaginemos dos personas con 100.000 euros disponibles.
A simple vista podríamos pensar que ambas pueden utilizar una cartera similar. Sin embargo, conocer únicamente su patrimonio no nos permite tomar una decisión razonable.
La primera persona tiene 35 años, ingresos estables, un fondo de emergencia completo y está acumulando patrimonio para complementar su jubilación dentro de treinta años.
La segunda tiene 58 años y sabe que necesitará utilizar 40.000 euros dentro de tres años para un objetivo importante.
Las dos tienen 100.000 euros.
Pero no tienen el mismo horizonte temporal, las mismas necesidades de liquidez ni la misma capacidad para asumir una caída de los mercados.
El capital es idéntico. El plan no.
Por eso una cartera no puede evaluarse únicamente por su rentabilidad esperada, su diversificación o el número de productos que contiene. Debe evaluarse en relación con la función que tiene que cumplir.
Un plan financiero empieza por los objetivos
Invertir sin haber definido objetivos puede convertir la rentabilidad en el principal criterio para tomar decisiones.
Y eso genera un problema: siempre habrá una inversión que haya ganado más durante los últimos meses o años.
Cuando existe un objetivo concreto, la perspectiva cambia.
Ahorrar para la entrada de una vivienda dentro de cuatro años no plantea el mismo problema que acumular patrimonio para una jubilación situada a treinta años.
Tampoco debería gestionarse igual el dinero destinado a complementar ingresos futuros que el capital que previsiblemente tendremos que utilizar próximamente.
Cada objetivo tiene, al menos, cuatro dimensiones importantes:
- cuánto dinero necesitaremos;
- cuándo lo necesitaremos;
- cuánto podemos aportar durante el camino;
- qué grado de incertidumbre podemos asumir.
- cuánto podemos aportar durante el camino;
- cuándo lo necesitaremos;
Solo después tiene sentido decidir qué papel debe desempeñar la inversión.
También importa lo que queda fuera de la cartera
Uno de los errores más frecuentes consiste en analizar únicamente el dinero invertido.
Pero nuestra capacidad para mantener una cartera durante una crisis depende muchas veces de lo que ocurre fuera de ella.
Si disponemos de suficiente liquidez, unos gastos controlados y un fondo de emergencia adecuado, será más fácil mantener una estrategia de largo plazo cuando los mercados caigan.
Si, por el contrario, prácticamente todo nuestro patrimonio está invertido y aparece un imprevisto, podemos vernos obligados a vender justo cuando menos nos conviene.
Por eso el fondo de emergencia y la cartera no deberían competir por el mismo dinero.
Cumplen funciones diferentes.
El primero protege frente a necesidades imprevistas de corto plazo. La segunda busca financiar objetivos que permiten asumir un horizonte temporal y un determinado nivel de riesgo.
Separar ambas funciones ayuda a evitar que un problema financiero de hoy obligue a desmontar una estrategia diseñada para dentro de veinte años.
El riesgo no depende únicamente de la cartera
Podemos medir la volatilidad de una cartera, estudiar sus caídas históricas o analizar cómo se comportaron sus activos durante diferentes periodos.
Pero eso no nos dice por sí solo cuánto riesgo puede asumir una persona.
Hay que distinguir entre el riesgo de la inversión y la capacidad financiera del inversor para soportarlo.
Una caída del 30 % puede resultar incómoda para dos personas, pero sus consecuencias pueden ser muy distintas.
Alguien con un horizonte de treinta años, ingresos estables y sin necesidad de retirar capital probablemente tenga más margen para esperar una recuperación.
Una persona que necesite empezar a utilizar ese patrimonio dentro de dos años puede no disponer del mismo margen.
Por eso el riesgo adecuado no debería decidirse únicamente preguntando cuánto estamos dispuestos a ver caer nuestra cartera.
También debemos preguntarnos qué consecuencias tendría esa caída sobre nuestros objetivos.
Un plan también debe explicar qué haremos durante el camino
Construir una cartera es solo el comienzo.
Con el paso del tiempo cambiarán los mercados y también puede cambiar nuestra vida.
Tendremos nuevos objetivos, aumentarán o disminuirán nuestros ingresos, aparecerán gastos que hoy no existen y el horizonte de algunos proyectos se irá acercando.
Un plan financiero debería establecer criterios para revisar esas circunstancias.
Por ejemplo:
¿Con qué frecuencia revisaremos nuestra situación?
¿Qué haremos si cambia nuestra capacidad de ahorro?
¿Cuándo modificaremos la distribución de la cartera?
¿Cómo actuaremos ante una caída importante de los mercados?
¿Reequilibraremos periódicamente?
¿Qué circunstancias justificarían realmente cambiar la estrategia?
Definir algunas de estas decisiones antes de que llegue un periodo complicado reduce el riesgo de improvisar cuando las emociones tienen más peso.
Y el plan no termina cuando dejamos de aportar
Existe otra cuestión que muchas veces queda fuera cuando toda la atención se concentra en construir una cartera: cómo utilizaremos ese patrimonio en el futuro.
Acumular capital y retirarlo son problemas diferentes.
Cuando llega el momento de empezar a utilizar una cartera aparecen nuevas preguntas.
Cuánto podemos retirar. De qué activos hacerlo. Cómo mantener suficiente liquidez. Cómo puede afectar una caída de los mercados durante los primeros años de retirada. Qué parte del patrimonio queremos conservar. Cómo coordinar nuestras inversiones con otras fuentes de ingresos.
Una planificación completa debería contemplar también esta fase.
De poco sirve alcanzar un determinado patrimonio si nunca hemos pensado cómo convertirlo en los objetivos para los que fue creado.
De la situación financiera a la cartera
Una forma más ordenada de afrontar el proceso sería:
Situación actual → protección → objetivos → capacidad de ahorro e inversión → estrategia → cartera → seguimiento → retirada
La cartera aparece bastante avanzada dentro del proceso.
Y eso tiene sentido.
Primero necesitamos saber dónde estamos y qué queremos conseguir. Después podemos decidir qué recursos tenemos disponibles, qué riesgos podemos asumir y qué estrategia puede ayudarnos.
Finalmente elegiremos los instrumentos necesarios para ejecutarla.
Una cartera puede estar técnicamente bien construida y ser completamente inadecuada para la persona que la tiene.
Por eso, antes de preguntarnos si nuestra cartera es buena, merece la pena hacernos una pregunta anterior:
¿Qué plan se supone que está ejecutando esta cartera?
Si no tenemos una respuesta clara, probablemente todavía no tenemos un problema de selección de inversiones.
Tenemos un problema de planificación.



